Nadie.
Nadie dirá tu nombre.
Nadie recordará tus venas
despojadas de clamores,
tus gestos obedientes,
tu sí a flor de piel,
entregado a la voz de ese otro,
esa otra,
que nombra las distancias,
distribuye fragmentos de experiencia
y ordena las jerarquías perpetuas
de la tierra.
Nadie extrañará tu piel
desprovista de heridas,
tu huella que se amolda a lo previsto,
al papel que le toca
y repite impasible
las posturas correctas,
la política indicada,
la religión irreflexivamente heredada
y asumida.
Nadie premiará tu actuación
de hombre o mujer si deudas con la vida,
tu inclinación a seguir el sendero trazado,
a repetir paso a paso
ese rol de marioneta obediente y vacía.
Así morir
se me antoja el abismo.
p.d.: Hoy quiero regalarles este poema que escribió un amigo.
Gracias Fer por prestármelo.
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